Consideraciones de Benedicto XVI sobre los deseos del humanos
¿Qué puede saciar verdaderamente el deseo
del hombre? Sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa
de buscar» (Catecismo
de la Iglesia católica n. 27).
El amor humano en nuestra época se percibe
más fácilmente como momento de éxtasis. Y ni siquiera la persona amada es capaz
de saciar el deseo que alberga en el corazón humano, cuanto más auténtico es el
amor por el otro, más deja que se entreabra el interrogante sobre la posibilidad
que tiene de durar para siempre. Así que la experiencia humana del amor es
experiencia de un bien que lleva a salir de sí y a encontrase ante el misterio
que envuelve toda la existencia.
En otras experiencias humanas, como la
amistad, la experiencia de lo bello, el amor por el conocimiento: cada deseo
que se asoma al corazón humano se hace eco de un deseo fundamental que jamás se
sacia plenamente. El hombre, conoce bien lo que no le sacia, pero no puede
imaginar o definir qué le haría experimentar esa felicidad cuya nostalgia lleva
en el corazón.
Sería de gran utilidad re-aprender el
gusto de las alegrías auténticas de la vida. No todas las satisfacciones
producen en nosotros el mismo efecto: algunas dejan un rastro positivo, son
capaces de pacificar el alma, nos hacen más activos y generosos. Otras, en
cambio, tras la luz inicial, parecen decepcionar las expectativas que habían
suscitado y entonces dejan a su paso amargura, insatisfacción o una sensación
de vacío. Re-aprender a saborear las alegrías verdaderas, en todos los ámbito
de la existencia —la familia, la amistad, la solidaridad con quien sufre, la
renuncia al propio yo para servir al otro, el amor por el conocimiento, por el
arte, por las bellezas de la naturaleza—, significa ejercitar el gusto interior
y producir anticuerpos eficaces contra la banalización y el aplanamiento hoy
difundidos. Entonces será más fácil soltar o rechazar cuanto, aun aparentemente
atractivo, se revela en cambio insípido, fuente de acostumbramiento y no de
libertad.
Un segundo aspecto es no conformarse nunca
con lo que se ha alcanzado. Las alegrías más verdaderas son capaces de liberar
en nosotros la sana inquietud que lleva a ser más exigentes —querer un bien más
alto, más profundo— y a percibir cada vez con mayor claridad que nada finito
puede colmar nuestro corazón. Aprenderemos así a tender, desarmados, hacia ese
bien que no podemos construir o procurarnos con nuestras fuerzas, a no dejarnos
desalentar por la fatiga o los obstáculos que vienen de nuestro pecado.
Somos peregrinos hacia la patria
celestial, hacia el bien pleno, eterno, que nada nos podrá ya arrancar. No se
trata de sofocar el deseo que existe en el corazón del hombre, sino de
liberarlo, para que pueda alcanzar su verdadera altura. Cuando en el deseo se
abre la ventana hacia Dios, esto ya es señal de la presencia de la fe en el
alma, fe que es una gracia de Dios. San Agustín también afirmaba: «Con la
espera, Dios amplía nuestro deseo; con el deseo amplía el alma, y dilatándola
la hace más capaz» (Comentario a la Primera carta de Juan, 4, 6: pl 35,
2009).
En esta peregrinación sintámonos hermanos
de todos los hombres, compañeros de viaje también de quienes no creen, de quién
está a la búsqueda, de quien se deja interrogar con sinceridad por el dinamismo
del propio deseo de verdad y de bien.
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