viernes, 16 de noviembre de 2012

¿Deseos satisfechos?


Consideraciones de Benedicto XVI sobre los deseos del humanos


¿Qué puede saciar verdaderamente el deseo del hombre? Sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar» (Catecismo de la Iglesia católica  n. 27).
El amor humano en nuestra época se percibe más fácilmente como momento de éxtasis. Y ni siquiera la persona amada es capaz de saciar el deseo que alberga en el corazón humano, cuanto más auténtico es el amor por el otro, más deja que se entreabra el interrogante sobre la posibilidad que tiene de durar para siempre. Así que la experiencia humana del amor es experiencia de un bien que lleva a salir de sí y a encontrase ante el misterio que envuelve toda la existencia.
En otras experiencias humanas, como la amistad, la experiencia de lo bello, el amor por el conocimiento: cada deseo que se asoma al corazón humano se hace eco de un deseo fundamental que jamás se sacia plenamente. El hombre, conoce bien lo que no le sacia, pero no puede imaginar o definir qué le haría experimentar esa felicidad cuya nostalgia lleva en el corazón.
Sería de gran utilidad re-aprender el gusto de las alegrías auténticas de la vida. No todas las satisfacciones producen en nosotros el mismo efecto: algunas dejan un rastro positivo, son capaces de pacificar el alma, nos hacen más activos y generosos. Otras, en cambio, tras la luz inicial, parecen decepcionar las expectativas que habían suscitado y entonces dejan a su paso amargura, insatisfacción o una sensación de vacío. Re-aprender a saborear las alegrías verdaderas, en todos los ámbito de la existencia —la familia, la amistad, la solidaridad con quien sufre, la renuncia al propio yo para servir al otro, el amor por el conocimiento, por el arte, por las bellezas de la naturaleza—, significa ejercitar el gusto interior y producir anticuerpos eficaces contra la banalización y el aplanamiento hoy difundidos. Entonces será más fácil soltar o rechazar cuanto, aun aparentemente atractivo, se revela en cambio insípido, fuente de acostumbramiento y no de libertad.
Un segundo aspecto es no conformarse nunca con lo que se ha alcanzado. Las alegrías más verdaderas son capaces de liberar en nosotros la sana inquietud que lleva a ser más exigentes —querer un bien más alto, más profundo— y a percibir cada vez con mayor claridad que nada finito puede colmar nuestro corazón. Aprenderemos así a tender, desarmados, hacia ese bien que no podemos construir o procurarnos con nuestras fuerzas, a no dejarnos desalentar por la fatiga o los obstáculos que vienen de nuestro pecado.
Somos peregrinos hacia la patria celestial, hacia el bien pleno, eterno, que nada nos podrá ya arrancar. No se trata de sofocar el deseo que existe en el corazón del hombre, sino de liberarlo, para que pueda alcanzar su verdadera altura. Cuando en el deseo se abre la ventana hacia Dios, esto ya es señal de la presencia de la fe en el alma, fe que es una gracia de Dios. San Agustín también afirmaba: «Con la espera, Dios amplía nuestro deseo; con el deseo amplía el alma, y dilatándola la hace más capaz» (Comentario a la Primera carta de Juan, 4, 6: pl 35, 2009).
En esta peregrinación sintámonos hermanos de todos los hombres, compañeros de viaje también de quienes no creen, de quién está a la búsqueda, de quien se deja interrogar con sinceridad por el dinamismo del propio deseo de verdad y de bien.